EL RESURGIMIENTO

A veces me descubro cara a cara contra mis propios prejuicios. Esos que aseguraba no tener. De pronto, una mañana cualquiera, mientras viajo hacia al trabajo, me sorprende la precariedad de mis valoraciones. Y es que sin darnos cuenta, vamos encasillando a las personas: ésta parece inteligente, ésta otra generosa, aquella parece estar envuelta en teflón, todo le resbala, la de más allá parece caminar sin brújula, y así hasta un largo etcétera. Por eso viene bien que cada tanto, cuando  el letargo parece ganarle terreno al entusiasmo y a esa curiosidad tan necesaria para no perder la capacidad de asombro, algo o alguien nos desconcierte.

Por el pasillo del transporte colectivo montevideano, además del pelotón de pasajeros que le toca ir de pie, cuando el espacio lo permite, desfilan los más diversos personajes: el cantor a capela de tangos, los jóvenes que improvisan la letra de una canción de rap con tres palabras elegidas por los pasajeros, el cómico de sonrisa pintada, el necesitado, el vendedor de historias, el de medias, hilos, marcadores de libros, gomas de pelo, set de manicura o pastillas mentoladas. Un medio de vida, un trabajo o en el caso de los desamparados, que ya desecharon la tentativa de buscar aunque sea a tientas la abertura de la jaula donde se hallan presos, el único medio que conocen para paliar un poco, un rato, esa desventura que los acorrala.

Esto último pensé cuando la voz ronca de un hombre solicitó la atención del pasaje. Las manos agrietadas probablemente por el frío traían ocho marcadores de libro que formaban un abanico. Anticipé su necesidad de auxilio más que de venta. El reloj apenas marcaba las nueve y aquel hombre de pelo desparejo pero de mirada mansa contaba sólo con aquella mercadería para ganar el jornal del día. La inutilidad de unos cordones deshilachados manifestaba el baile inevitable de los pies en unos zapatos demasiado grandes.  Probablemente después del saludo cordial enumeraría cada una de sus desventuras, la mala suerte que lo perseguía o la traición de la sociedad que le daba la espalda sin miramientos. Una vida condenada tal vez desde el arranque; falta de oportunidades, de conocimientos, de valores y sobre todo de amor. Tal vez ese sea el motivo por el cual la mayoría de los viajeros opte por alojar la mirada en las ventanas cuando suben. Eligen la opción de no ver. No porque no les conmueva o porque crean que así va a desaparecer, sino porque la repetición diaria de esas imágenes, de esas historias, termina por boicotear, inevitablemente, la creencia de un posible cambio. Una manera de protegerse del sufrimiento aunque no sea propio, de aislarse de la desmoralización.

“Buen día damas y caballeros” pronunció por fin. Por una cuestión de cortesía más que de ganas me saqué los auriculares y cerré el libro. La repentina mudez tras el saludo me desconcertó. Parado junto a los asientos delanteros comenzó a observar a cada uno de los que viajábamos en el autobús. “Buen día damas y caballeros” repitió de nuevo sin dejar de sonreír. Y unos segundos después, que parecieron eternos, comenzó a hablar.

 “Buen día damas y caballeros, lejos de importunarles, hoy vengo a ofrecerles una simple reflexión. Si, a ustedes les digo, a los que miran por la ventana, a los jóvenes que aíslan los sonidos de la vida con los auriculares o desgastan la vista leyendo mensajes de gente que casi no conocen pero que los etiquetaron como amigos. Tal vez si les mando un mensaje… La educación es sin duda una materia pendiente no sólo en este país, sino en el mundo entero. Pero por favor, no vayan a creer que les recrimino. No, no, nada que ver. Es sólo una observación que podría completar con el lamento, al menos por mi parte, por la ausencia de esas palabras tan preciadas como las gracias, el por favor, el permiso o hasta el simple buen día. Palabras que parecen haber quedado obsoletas, como si fueran garabatos de la prehistoria que fuéramos incapaces no sólo de recordar, sino lo que es peor, de descifrar. Kant señalaba ha de enseñarse ya muy pronto al niño el respeto y consideración de los derechos de los demás. Un hombre puede estar físicamente muy preparado, tener un espíritu muy formado, pero a la vez estar muy mal educado moralmente, siendo por tanto una mala criatura, aseveraba el filósofo. ¿No les parece que tenía razón?” Preguntó con voz calma mientras una vez más observaba a cada uno de los presentes con una mirada alicaída. “Tal vez sea en eso en lo que seguimos fallando, la eterna tarea pendiente: la educación. Una de las críticas de este filósofo alemán, ya en su época, era que los padres educan a sus hijos sólo de forma que se adapten al mundo vigente, aun cuando esté en descomposición. Y no podemos negar la evidencia, éste nuestro está en descomposición. ¿Será que no tenemos solución? O es simplemente que seguimos aprendiendo y enseñando a obedecer y no a pensar. O peor aún, ¿no será que sirve que no pensemos, que no dudemos, que no intentemos buscar respuestas? O tal vez sea conformismo. Demasiadas preguntas a esta hora de la mañana, estarán pensando. Yo hace un par de horas que voy de ómnibus en ómnibus tratando de regalar a quien me quiera aceptar a pesar de la apariencia. A las siete subí al primero con estos ocho marcadores de libros. Debo reconocer que ya estaba un poco desanimado. Pero este, el séptimo, me ha devuelto un poco el aliento. Bueno, más que el séptimo autobús, los tres de los cuarenta y seis pasajeros que me han escuchado. Quién sabe, quizás tenga suerte y los otros cinco los obsequie antes del mediodía. Y de a poco pueda ir incentivando otra vez las ganas de pensar. Buena jornada damas y caballeros”.

No imaginé que las palabras que saldrían de esa boca poco tenían que ver con un pedido de amparo o en última instancia de una posible venta. Aquel hombre de mirada mansa y sonrisa plácida bajó del autobús para enseguida subir al que venía atrás. Sólo cuando lo perdí de vista examiné el marcador de libro que me había obsequiado. Era completamente artesanal. Una cara estaba cubierta por flores pequeñas de los más diversos colores. En la otra se leía la siguiente frase con una caligrafía clara y delicada “Pero el deber para con uno mismo consiste… en que el hombre preserve la dignidad de lo humano en su propia persona”. Lo coloqué entre las primeras hojas del libro mientras mi capacidad de asombro agradecía esta nueva oportunidad de resurgimiento.

 

Tati Jurado

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