El cielo y las letras de Antoine Saint-Exupéry

Tal vez sea por ese anhelo inconfeso de ser rozada, aunque sea un poco, por ese aire, por esas musas, sospecho mientras avanzo por el pasillo. No, es solo curiosidad, busco convencerme en última instancia ante la certeza que mi parte racional me presenta. Es imposible que me contagie de la magia de ese hombre que supo conquistar a grandes con una historia de niños tan solo por visitar el que durante un año y medio fue si no su hogar, si su refugio.

En este atolladero está mi cabeza cuando doy el primer paso, con un aleteo en el estómago, en el apartamento 605 del sexto piso de la Torre Mitre en la Galería Güemes. El suelo de madera, los altos techos y las paredes son los últimos testigos de su estadía. No hay escritorio que contenga mi atención, que tiente a mis manos a recorrer esas vetas donde, me da por imaginar, debieron reposar sus cuadernos, algún que otro bolígrafo y tal vez los sobres que más tarde llegaron a Francia. No hay ni un mueble, nada que arrope, que acoja, que retenga. Solo unos paneles con fotos y escritos que ilustran el paso por Argentina de Antoine Saint-Exupéry.

El cielo y las letras de Antoine Saint-Exupéry

 

Los tableros evidencian su pasión por volar, sus valores humanísticos y su ternura incondicional hacia su madre. Retratos, cartas y varias portadas de su novela Vuelo Nocturno, escrita durante su permanencia en Buenos Aires, cubren con un halo de sobriedad las paredes del apartamento de rápido recorrido. Sin embargo, observo las imágenes y leo los textos con detenimiento. No son muchos, pero todos parecen susurrar esa suerte de necesidad de aprehender la libertad que para él debía significar volar.

El cielo y las letras de Antoine Saint-Exupéry

Pero me sabe a poco. Hubiera querido recorrer ese espacio tal y como estaba cuando vivió ahí el autor de El Principito. Reconocer su romanticismo en algún sillón. Descubrir en los reposabrazos de su silla las ilusiones y los temores que tejieron sus obras. Es cierto, me hubiera gustado ver, percibir más, pienso cuando doy por finalizada la exploración. Pero no es menos cierto que de pronto mi imaginación, tentada tal vez como la de Antoine por estar rodeada de estrellas, me descubre el camino para recrear el que fuera aquel lugar. Por eso, al pasar frente a la puerta del baño, no me sorprende ver a la pequeña foca que rescató en el sur de Argentina metida en la bañera observándome con esos ojos negros, grandes y luminosos. 

Solo con el corazón se puede ver bien, lo esencial es invisible para los ojos alcanzo a pronunciar a media voz cuando por fin me decido a salir del apartamento.

El Principito

El cielo y las letras de Antoine Saint-Exupéry

 

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