Caer en la tentación

En alguna gaveta de doble fondo, emplazada en la cabeza, se ocultan los promotores de la alegría, de la voluntad, de la pasión, de una búsqueda infatigable que, ayudada por el entusiasmo, libra una batalla diaria contra el desencanto.
Un recelo, sigilosamente aguijoneado, que se empeña en desdibujar los contenidos de los sueños, entreverar sus colores hasta dispersarlos y ensombrecerlos para fomentar la ceguera, y brindarle así la oportunidad a la barajada sensatez de que nos encaje esos lentes duchos en agrandar más las sombras.
Surgen entonces sentimientos encontrados, pensamientos confusos, lugares comunes de los extraviados; porque cuando la cordura maniata a la ilusión, la anestesia de la tibieza invade cada centímetro del cuerpo y nos aísla. El aparente raciocinio, omnipresente, advierte de los peligros, de la posible derrota. Las dudas se acentúan y los miedos se despliegan: las limitaciones comienzan a germinar la necesidad de abandono.
 Con la opacidad como guía se va destejiendo el anhelo para volver a formar el ovillo, que como tal ocupa menos y se lo puede dejar de costado y  de ser necesario, se recurre a la negación de su existencia. Una maniobra válida para comprar la conquista de lo certero y su pretendida garantía, que nos va adentrando en un jardín de altos y suntuosos arbustos para terminar erigiendo un laberinto tramposo. Una maraña indescifrable que nos confunde y nos doblega. Y si bien se percibe, con rotundidad escabrosa, la certeza de girar siempre en el mismo lugar, nos descubrimos repitiendo una y otra vez el mismo trayecto para aferrarnos a esa ilusión óptica de movimiento seguro y poder así, en ese carril de vía muerta, adecentar nuestras frustraciones. La cobardía nos agazapa, nos paraliza y nos llena de excusas. Tenaz como pocas, nos superpuebla la cabeza de miedos y  nos va convenciendo de lo absurdo del propósito, empujándonos poco a poco hacia un desahucio sin retorno perspicazmente camuflado.
Y es entonces, en esa lucha feroz reñida sin cuartel, justo antes de quedar huérfanos de esperanza, cuando hay que recurrir al instinto vital para reanimar los sueños, buscar la risa y reciclar el entusiasmo. Solicitarle y si es necesario mendigarle la ayuda para sacudirnos la modorra y vaciarnos de miedos e interrogantes absurdos para enzarzarnos en la búsqueda de la clave que nos permita volver a llenarnos de asombro. Un asombro capaz de arrojarnos a la pregunta “y por qué no” para reanimar la voluntad que nos impulsa a avanzar. Promover el boicoteo a los miedos y admitir, sin resistencia, la coexistencia natural con la incertidumbre, ignorando los murmullos ajenos, excluyendo fantasmas y obviando el límite de las fuerzas. Llenarse de esa actitud entusiasta, de ese asombro vertiginoso que nos traza el camino de la autenticidad para volver a caer, una y otra vez, en la tentación irresistible de perseguir los sueños.

 

Tati Jurado

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