Las trampas de la vereda

Hay música que sugiere imágenes. Retazos de vida que terminan siendo parte de una misma historia.

Astor Piazzolla-Invierno Porteño

 

Las manos siempre buscaban delatar su asistencia. El anuncio de un aquí estoy. Un movimiento enérgico, un vaivén que se afanaba en sobresalir entre el barullo de los vehículos y la gente que irremediablemente provocaban los días de tormenta. Una tenacidad que no cedía hasta que los ojos lograban distinguirse. Entonces se saludaban. Una leve inclinación de cabeza y enseguida tomaban posiciones bajo el amparo del techo de los portales para examinar la ruta y a los concurrentes. El esfuerzo extendido por llegar a destino indemne, sin sucumbir ante ninguna o casi ninguna de las trampas de la vereda,  solía estrechar algunos pasajes y cegar otros. El inevitable atropello de zapatos producía siempre algún que otro enredo en ciertos tramos.

Igual, ellas habían aprendido a identificarlas, al menos la mayoría.  En la puerta del lavadero, en la esquina de la farmacia, en el semáforo de Gaboto y así sucesivamente hasta llegar a Ejido. El intercambio sistemático en su recorrido por las dos aceras y el resultado de un escrutinio minucioso del terreno habían contribuido a ampliar su conocimiento. Y por supuesto, también anticipar a los otros. Esos que examinaban con camaradería para perfeccionar una estrategia, desde hacía tiempo, colaborativa. La identificación de ciertas secuencias motoras, de determinados patrones de movimiento, y la memorización de alguna que otra destreza ajena, también habían ayudado a mejorar su táctica. 

Observaban a la joven que avanzaba resuelta en una especie de zigzag sostenida por las puntas de los pies mientras esquivaba a otros caminantes. Como si para ella el resultado de sus piruetas fuera fruto puro y exclusivamente del azar. Un juego, una suerte de apuesta en la que a veces se gana y otras se pierde. O a los cuellos de resorte de algunos peregrinos que, en un acto de cortesía hacia los pies, se alternaban con impaciencia en su estiramiento bajo cualquier cornisa en algún intermedio de la romería. El calzado, amontonado, hacía lo imposible, y alguno lo indecible, para esquivar el agua. El que había sorteado las trampas pretendía seguir incólume. El que ya había recibido alguna que otra mojadura o incluso alguna inmersión involuntaria, no quería más. 

Y luego estaban los otros, esos que avanzaban con paso indolente y mirada perdida, ajenos al agua que penetraba en sus zapatos, a las salpicaduras que pudieran provocar o a las que les provocaban los otros con o sin intención. Esos a lo que no mencionaban pero que observaban con el rabillo del ojo con ese temor tan peculiar del que presiente la amenaza.

Alguna que otra vez, mientras repasaban las eventualidades que habían logrado esquivar, les daba por buscar en la memoria el momento exacto en la que cada una se había iniciado en esa obsesión por sortear las baldosas sueltas. Esas que aparentaban solidez y que una vez puesto el pie encima se tambaleaban lo suficiente para ensopar el calzado, la media o salpicar los bajos del pantalón. Esas que, aún teniendo remiendo, estaban sentenciadas a la perpetuidad. Para estas, coincidían, no contaba solo la atención. Había que ser avispada e intuitiva, se convencían mutuamente con entusiasmo cuando lograban esquivarlas a pesar de los tropezones o las zancadillas, o cuando descubrían una nueva, no la pisaban y le ganaban la mano a la providencia.

Y siempre volvían a la misma imagen, la de aquella mañana en la que, como muchas otras en las que el agua caía con inclemencia,  se habían sorprendido anticipando los pasos de la otra. Se habían reconocido en los movimientos, en la concentración de la mirada, en la expectación de los pies que avanzaban con la guardia siempre en alto entre otros pies bajo la lluvia. Un encuentro, un descubrimiento que había suscitado una complicidad. Una que habían sellado con aquel ritual que cumplían a raja tabla desde los portales y que no finalizaba hasta que los dos pulgares se alzaban en señal de aprobación. Solo entonces los pies pisaban por fin la vereda. Primero salía una y dos o tres minutos después, la otra. Tal y como habían convenido.

A partir de ese momento todo era avanzar, prever, esquivar, seguir, enfrentar, resolver, resistir. No había lugar para la indecisión. La duda, habían aprendido a base de tropezones y unas cuantas salpicaduras, reducía las posibilidades de lograr llegar indemne. Igual, cada tanto, las miradas se hacían un hueco para buscarse. Sabían de la improbabilidad de que los ojos se encontraran pero el solo hecho de lograr reconocerse entre el tumulto, de saber que la otra seguía en carrera, agudizaba sus destrezas y energizaba sus movimientos. Las confortaba. Al menos hasta que llegaban a Ejido.

En esa esquina por la que sí o sí debían pasar las dos, la camaradería pasaba a pender de una hebra escuálida. Si todo salía según lo previsto no había de que preocuparse, sus pasos no se cruzarían. La inquietud surgía cuando sus zapatos coincidían en aquel tramo estrecho con una trampa en su haber. Entonces el desasosiego. Un tormento que cedía cuando confirmaban que el paso indolente y la mirada perdida que habían provocado en la otra eran solo transitorios.

 

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