DICEN QUE DICEN

La primera caja entró y salió del local a la hora de la siesta una tarde de primavera. Al principio, la falta de confirmación por parte de Mercedes dejó instalada una pequeña duda en el grupo. Hubo que esperar a la segunda entrega, una semana después, para ratificar que efectivamente, tal y como había asegurado Pablo, se trataba de la misma caja. Llegaba un chico de aspecto algo desaliñado en un coche rojo acompañado por una pelirroja. Se bajaban presurosos, abrían el maletero, sacaban una caja, entraban a la librería y unos quince minutos después salía el chico solo con la misma caja. Por las maniobras de aquel muchacho con los brazos estampados de dibujos tenían la certeza de que la caja salía más pesada que cuando entraba. Aunque también sabían que ésta jamás entraba vacía. Cuando Pablo quiso indagar por las diligencias del chico del coche rojo una de las tardes que el librero fue al bar, éste lo miró un instante en silencio, le sonrió, se terminó el café, pagó y se fue como siempre dándole las buenas tardes a todos los parroquianos.

Se instaló en el barrio uno de los inviernos más gélidos que se recordaba. Se lo vio llegar de la mano de un niño y levantar la persiana de la antigua mercería, cerrada hacía más de dos años, para inaugurar una librería. Por el parecido todos adivinaron que eran padre e hijo. En el pelo negro del nuevo vecino apenas se inauguraba alguna que otra cana. De complexión atlética, tenía unos ojos verdes, custodiados por unas pestañas bien negras y largas que sobresalían en esa piel blanquecina como la nieve, que despertaban más de un suspiro entre las jóvenes y las no tan lozanas del barrio. Todas las interesadas tuvieron la prudencia de esperar unos días por si aparecía alguna mujer, pero tras el anuncio de Mercedes todas se lanzaron al ataque: era viudo. Una mañana mientras reponía los periódicos del día vio al padre y al hijo en la puerta de la librería fundidos en un abrazo. El niño angustiado lloraba mientras el padre, visiblemente emocionado, trataba de darle consuelo. Pobre hombre, no ha de ser fácil criar a un niño solo, les decía Mercedes a las aspirantes. Pero él, hombre de escasas palabras en el que siempre prevalecía la cordialidad, jamás le dio a ninguna el menor indicio de posibilidad.

Salía a primera hora enfundado en su reserva. Con el niño prendido a su mano desaparecían al doblar la esquina para una hora más tarde regresar solo y abrir la librería. Pablo comprobó que el niño iba a un colegio en las afueras un día al volver del mercado: se subían a un autobús con destino a Las Gardenias. A su regreso, se pasaba el día metido en ese negocio, inviable para la mayoría pues casi nadie entraba, y ni siquiera salía para  almorzar: llamaba por teléfono a la cantina y pedía que le llevaran el menú. Después, antes de ir a buscar al hijo, pasaba por el bar a tomar un cortado. Entraba, saludaba a todos con su cordial sonrisa siempre incrustada en los labios, se tomaba el café y se iba. Cerraba la librería una hora exacta, el tiempo que demoraba en ir y volver con el niño. Y en cuanto volvían se metían al negocio y no se los veía  salir más que para bajar la persiana a la hora del cierre.

Así transcurrían sus días hasta que llegó la rubia despampanante. No pasó desapercibida para nadie. Sus piernas deslumbrantes encumbradas por unos tacos exuberantes atrajeron las miradas de cuanto hombre supiera apreciarlas. El contoneo de sus caderas llegó a hipnotizar a algunos ojos femeninos que veían en esa escultural mujer la imagen del cuerpo que siempre habían soñado tener. Aunque no faltó quien acotase que no era necesario usar faldas tan cortas para lucirlas. Entró a la hora de la siesta una tarde en la que sólo se escuchaba el cricric de las chicharras y el zumbido eterno de los motores transitando por obligación. Al principio, dijo Mercedes, el trato fue bastante formal pero a medida que transcurrían los minutos una familiaridad inhabitual para ser la primera vez que se veían, fue dejando de costado el formalismo. Pasaron horas charlando y a la hora que debía de ir a buscar al niño, salieron y se fueron caminando en una dirección que no era la habitual. Nadie sabe a qué hora volvieron esa noche él y el niño, pero desde ese día, esa escena se repitió semanalmente. Cuando ella venía rompía con el ritual de su cortado vespertino en el bar y colgaba el cartel de cerrado en la puerta durante más de una hora. La rubia siempre aparecía con ropas despampanantes y el rostro demasiado maquillado para la hora que era. Cuando comenzaron a sospechar sobre la actividad de la susodicha, ésta desapareció y con más recelo que comprensión, todos terminaron justificando de algún modo las andanzas del librero aludiendo que la soledad era muy dura.

Y en eso había quedado ese pequeño paréntesis en la vida del librero hasta el día que surgió de la nada una pelirroja de infarto, calificada así por Pablo. Esta vez las críticas no se hicieron esperar: no era ese buen ejemplo para el niño. La pelirroja, al igual que la rubia, venía también a la hora de la siesta. Las primeras semanas llegaba sola pero después, para inquietud del vecindario, empezó a venir acompañada por el chico del coche rojo. Entraban los dos, el chico cargando la caja. Quince minutos después cuando salían aquellos brazos tatuados trasladando la misma caja hasta el maletero, el viudo colgaba el cartel de cerrado en la puerta y quedaba adentro con la mujer. Todos comenzaron a sospechar sobre las extrañas e ilícitas, como llegaron a decir algunos, aficiones del librero y éstas, tal reguero de pólvora, comenzaron a correr por el barrio. Y aunque él parecía ajeno a cualquier tipo de habladuría, el día que le cayó la policía al negocio a la hora de la siesta sorprendió al barrio entero dando unos alaridos que nadie comprendía. Dicen que dicen que los oficiales irrumpieron en el local nada más entrar el chico del coche rojo con la caja para, de una vez por todas, destapar el negocio turbio que realmente manejaba el viudo. Llevaban semanas observando todos sus movimientos tras ser alertados por algunos vecinos. El hallazgo de unos libros viejos, de colección supo acotar el librero como mejor pudo ayudado por la pelirroja, dentro de la tan mencionada y escrutada caja dejó desconcertados a todos los ojos que observaban ávidos de trifulca. Dicen que dicen que la policía no encontraba palabras para disculparse con aquel hombre procedente de un país difícil de deletrear para la mayoría que vendía libros también en internet a través de la página web de dos mujeres caribeñas mientras su hermano estudiaba en un colegio a diez calles del barrio.

Tati Jurado

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