El ahuyentador de sombras

el ahuyentador

Le llamaban el ahuyentador de sombras. Dicharachero como pocos, no había sombra que no se empequeñeciera hasta desparecer cuando él llegaba a algún lugar. Los dientes blancos “siempre a la vista” iluminaban una piel aceituna huérfana de arrugas. Y si bien su edad era desconocida, hasta los más veteranos reconocían sus andares y la musicalidad alegre de su voz.

En cuanto abría la boca la buena onda quedaba establecida: santo y seña para que las risas se contagiaran. Se sabía todos los chistes y los que no los inventaba. Si el repertorio enflaquecía, entonaba las canciones más alegres,  sus pies improvisaban los pasos más inesperados hasta armar un gran baile o sorprendía con sus dotes teatrales.

Tal vez por eso su compañía era tan requerida cuando los reveses de la vida sacudían a algún vecino. Siempre con el oído dispuesto y la palabra justa en la boca, qué mejor aliento para el desdichado. Porque no sólo consolaba, además alentaba. Sabio como pocos ofrecía siempre una solución o encaminaba al desventurado por el sendero del entusiasmo. Ninguno adivinaba el origen de esa ambicionada alegría pero no faltaba quien la pidiera en préstamo.

Poco importaba si Mario era o no dueño de pesares y rencores propios cuando la risa era tan necesaria. Por eso nadie se extrañaba cuando algún que otro vecino corría espantado a su encuentro. Principalmente los últimos días de escasez. Cuando no quedaban ni las migas de esos sueldos quincenales que debían rendir todo el mes,  aterrados ante el tamaño de sus acrecentadas sombras formaban fila tras los zapatos desgastados de aquel hombre, por fortuna, sin sombra.

Deja un comentario