El Arco de Santa Catalina

Hay idilios que comienzan de la forma más inesperada. El mío por el Arco de Santa Catalina de la ciudad guatemalteca de Antigua comenzó gracias a la novela Antigua vida mía de la escritora Marcela Serrano. La empatía, esa conexión invisible que se fue tejiendo con los personajes de Violeta y Josefa a medida que avanzaba en la lectura, resultó inevitable. El reconocimiento en la búsqueda de la plenitud y de la felicidad y la necesidad de autorrealización en la que los personajes estaban embarcados fue lo que me empezó a enganchar. Pero sin duda la descripción de “aquel rincón del mundo donde la historia se detuvo” fue lo que me llevó, incluso antes de terminar el libro, a aliarme con Google.

Quería saber del lugar, de su historia y sus paisajes. Así que me dediqué a conocer la ciudad que en el siglo XVI fue nombrada Ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala a través de la pantalla del ordenador. Fue entonces que descubrí el Arco de Santa Catalina y la historia de su indocilidad para entregarse ante los embistes del tiempo o ante la furia con la que varias veces buscó herirlo la naturaleza. Sabía de la imposibilidad de pasar por debajo del ícono más representativo de la ciudad colonial con mis propios pies, al menos en los años venideros. Por eso durante muchos años las crónicas, las galerías de fotos y más tarde el cursor de Google Street View, me fueron anticipando las peculiaridades de un lugar que hace apenas unos pocos meses por fin pude conocer.

Un lugar con encanto

El eco de un sonido rítmico en la terminal del aeropuerto de La Aurora es el primer bocado del encanto de Guatemala. La melodía de la música tradicional de marimba que cobra fuerza en uno de los quiebres del pasillo sorprende a los pies aún adormilados por las horas de viaje mientras avanzan hacia el control de migración. El largo teclado donde intervienen varios músicos de caras sonrientes, sumadas al entusiasmo propio del viajero, convence de la calidez del guatemalteco. Una que queda entre paréntesis en cuanto sales del aeropuerto. No bajes el cristal de la ventana, me advierten mientras se escucha el clic que anuncia el bloqueo de todas las puertas del coche. La violencia es el pan de cada día. Las altas cifras de homicidios son el resultado de la desigualdad social, el narcotráfico, las ilegalidades y la corrupción. Una realidad que estremece, un temor que se palpa, que circula en el aire y que inevitablemente se contagia a no ser que tu afán de descubrimiento supere la certeza de la inutilidad de anticiparse a hechos que probablemente nunca ocurrirán.

Con ese pensamiento comienzo a fijarme en el paisaje que se desplaza ante mis ojos. La calles que recorro desde el asiento trasero del vehículo me arrojan la certeza de que lo moderno y lo antiguo pueden coexistir, que no es necesario borrar la historia de un lugar para que este avance. La combinación del ayer y del hoy en la arquitectura sorprende. Altas torres arrojan sombra a esas edificaciones, de dos plantas a lo sumo, que se negaron a ganarle terreno al cielo. No logro distinguir monumentos históricos o iglesias. La lejanía de la avenida que lleva a la carretera que conduce a Antigua apenas me brinda un pantallazo de la capital. Será en otro momento me digo cuando las colinas verdes que antes estaban en un segundo plano comienzan a robarle protagonismo a los rascacielos.

En pocos kilómetros el asfalto de la carretera, los pocos vehículos que circulan, los carteles indicadores y los postes eléctricos pasan a ser las únicas evidencias del paso de cinco siglos. La ropa colorida de algún indígena que camina con aire despreocupado al pie de las colinas es de las pocas cosas que rompe la exuberancia del verde. La perplejidad surge inevitable al pasar junto a ellos. Sería incapaz de dar más de dos pasos con la carga que transportan sobre sus cabezas. Y sin embargo al ver su caminar equilibrado casi pareciera que en vez de llevar capazos con hortalizas, jarrones de barro o atados de tela, sus cabezas lucieran sombreros ligeros de diversos tamaños.

La hora que dura el trayecto se desliza sin darme cuenta entre la apacibilidad contagiosa de las altas montañas. La opulencia de la vegetación subtropical parece detener las agujas del reloj, como si nada pasara. Solo una misma y la comunión que se establece sin fuerza con la naturaleza. Al menos hasta que el aumento del flujo de vehículos me delata la cercanía de Antigua. Volcán de Agua, me indican a través del parabrisas al salir de una curva. Apenas cinco minutos después, mientras con la cabeza viajo a esa remota época en la que una erosión asoló la ciudad, percibo una leve vibración debajo de mi asiento. El empedrado de las calles me anuncia la llegada a la ciudad colonial.

La largura de la fachada ocre me dice que la construcción no es pequeña. Sin embargo la austeridad de su puerta de madera y la carencia de carteles me hacen dudar de que ese sea el hotel donde voy a alojarme. La sonrisa con la que me recibe un joven después de golpear la puerta desarticula cualquier duda. Bienvenida, pase, me indica haciéndose a un costado para permitirme pasar. El aroma a clorofila que desprenden la cantidad de plantas, arbustos y algunos encinos que completan el jardín comienza a seducirme. Los sillones de la época colonial colocados en los corredores techados en madera, aún deshabitados, son una provocación. Una podría sentarse solo para dejarse estar mientras disfruta del silencio. Las hojas de las plantas aún tienen el remanente de la lluvia nocturna y el papagayo de plumaje verde no se decide a abrir los ojos. Es temprano, pero el deseo no duerme.

Con los datos proporcionados por Google a lo largo de los años sé que yendo recto por la calle del Desengaño voy a dar con la 1ª Calle Poniente. Las palabras pronunciadas en los más diversos idiomas se mezclan con el carraspeo de  los tuk-tuks (moto taxis). Veinte quetzales hasta la plaza, ofrecen los conductores a la espera de un regateo. Tal vez más tarde, contestamos la mayoría en el idioma universal que es el de las señas. La calma de la ciudad parece haberse instalado en nuestros pies.

Salvo que te decidas a caminar por las calles empedradas, la delgadez de las aceras te obliga a caminar en fila india. Una procesión que hacemos todos los turistas mientras admiramos las casitas bajas de color pastel que también han sabido respetar las formas arquitectónicas de la época colonial. La humedad les ha dibujado algunos trazos imprecisos en la parte baja del frente. Incluso este detalle parece participar de esa sensación de haber retrocedido en el tiempo.

Al entrar en la 1ª Calle Poniente distingo la Iglesia de La Merced. La fachada amarilla altamente ornamentada es inconfundible. El grosor de las ocho columnas que rodean la puerta de acceso es la prueba del empeño de los antigüeños de contrarrestar los futuros embistes de la naturaleza, si es que vienen. Antigua es la ciudad de la reconstrucción. Cada vez que se vino abajo el pueblo la levantó.

Los visitantes toman fotos sin cesar y sin embargo, a pesar de tener la cámara lista para inmortalizar ese momento, decido esperar. No quiero distraerme buscando el mejor ángulo. Ver a las indígenas con el pelo repartido en dos trenzas y vestidas con esos atuendos que heredaron de la época colonial entrando a la iglesia me sorprende. Entran, humedecen los dedos en el agua de la pila y se santiguan. La conversión al catolicismo parece haber propiciado definitivamente el abandono de su mundo ancestral y sus creencias.

Cuando por fin entro en la 5ª Avenida distingo a lo lejos el Arco de Santa Catalina. La calle, más popularmente conocida como la calle del Arco, rebosa de gente caminando o entrando y saliendo de esas casas coloniales convertidas en comercios. Y aunque estoy deseando pasar por debajo de la pasarela que sirvió a aquellas monjas de clausura para cruzar la calle sin ser vistas, camino a paso lento. Los colores de las telas que los lugareños extienden sobre la calle para vender sus bisuterías te atrapan la vista. Los precios son altos, siempre hay tiempo de bajarlos. Ya hace tiempo que dejaron de venderles espejitos de colores. El rico aroma que se percibe al pasar por delante de algunas puertas es tentador. El típico desayuno antigüeño, para los que estamos acostumbrados a una tostada con aceite de oliva y un café, es realmente potente: frijoles, plátanos fritos, fruta y huevos al gusto. Pero el Arco me espera.

Lo simple de su estructura serviría para desmitificar su capacidad de resistencia, me digo mientras observo las paredes de su base. Sin embargo los embates de la naturaleza que lo azotaron desde su construcción en 1693 no lograron devastarlo totalmente. El espejo de un pueblo que no se da por vencido, reflexiono parada frente a él durante unos minutos.  Las agujas del reloj de la torrecilla que se yergue desde 1890 sobre el Arco marca las 5 y 25 cuando por fin me decido a cruzarlo.

 

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