EL ESCAPARATE

Aquel ritual vespertino fue el único capaz de mermar mi tedio, de romper con esa monotonía inevitable que nos brindaban las otras miradas. No había tarde que alguna no se aproximara para escanearnos de abajo a arriba o de arriba abajo, según lo que lleváramos puesto. Si lo impactante del día era el calzado, arrancaban el escrutinio por los pies y después subían por las piernas, palmo a palmo. Si el despertador de su atención era alguno de los pañuelos, sombreros o collares, el examen se iniciaba a la inversa. Mis botas de cuero con hebillas plateadas avivaban en sus ojos un fulgor que revelaba con simultaneidad el anhelo arcaico de querer tener y el estoicismo aprendido de no poder. Los vestidos de última tendencia, la elegancia de los trajes, las chaquetas entalladas o los pantalones de corte único las atrapaba. No había día que aquellas miradas al observarnos, no se rindieran conquistadas. Quedaban como solidificadas, incapaces de desviar la mirada. Un instante que se dilataba entre aquellos labios apretados y su respiración contenida hasta que los pies avanzaban arrastrando los talones para por fin desaparecer en la esquina.

Ya estábamos acostumbrados a percibir esa tentación salpicada de codicia en sus pupilas. El correr de los años nos había demostrado que salvo algunos matices, cada una de ellas denotaba un filo de envidia: ambicionaban lo que teníamos. Todas las pestañas parecían enmarcar la misma opacidad, la misma inercia. Para mí, la indiferencia había sido el más imbatible de los instrumentos para combatirlas, el blindaje para ese allanamiento ocular tan agotador como, para qué ocultarlo, esperado y en cierto grado disfrutado. Las ignoraba, mantenía la mirada fija al frente, siempre por arriba de sus cabezas. Me aburría palpar ese anhelo reciclado cada mañana y desterrado cada tarde. Me aferraba a la indiferencia para esquivar el fastidio que me provocaban, mientras esperaba siempre con mis mejores galas la llegada de ese encuentro vespertino.

Todos los días, cuando salía del portal, Pablo saludaba al portero, se acercaba al escaparate y se reclinaba hasta apoyar el hombro en el marco de madera. Su metro ochenta no pasaba desapercibido: un hombre alto, de complexión sublime que lucía con cierto garbo unas canas incipientes. El paso del tiempo le había otorgado la nobleza de un buen vino. Llevaba años trabajando en una de las tantas oficinas del edificio pero no fue hasta su cumpleaños treinta y siete que despertó en mí un interés peregrino. El portero, conocedor de todos los pormenores de los concurrentes del inmueble, lo felicitó cuando salía. Pablo le agradeció, le sonrió y se alejó del portal con la vista clavada al frente. Pasó por delante de nosotros como si nada, con una mirada diferente, huérfana de opacidad. Desde ese día comencé a esperar, sin darme cuenta, la llegada de las cinco de la tarde para poder observarlo. Aprendí a reconocer cada uno de sus gestos, a anticipar sus movimientos. Se quedaba un rato parado en el portal, próximo a mí, con la camisa blanca siempre abotonada hasta el nacimiento del cuello y la chaqueta azul desprendida. Se fumaba uno o dos cigarros, mientras contemplaba como distraído el vaivén de la gente y el estrés de los conductores. Parecía ajeno al ajetreo de la calle, como si una suerte de serenidad lo envolviera y lo aislara del resto. Cuando apagaba el último cigarro, introducía las manos en los bolsillos del pantalón y salía calmoso rumbo al estacionamiento, como siempre con la vista al frente.

Al principio responsabilicé al pequeño hoyuelo que se le formaba en la mejilla derecha cuando sonreía, más tarde a la sencillez de sus modales. Tardé un tiempo en entender que fueron sus pupilas verdes grisáceas las causantes de esa suerte de hechizo. Me intrigaban. Siempre distraídas, parecían obviar todo lo que estaba a la vuelta; como si lo terrenal quedara fuera de su órbita. Al menos así fue hasta la llegada de la primavera. Con cierto entusiasmo, empecé a notar que cada tarde la estadía de Pablo se prolongaba en el portal. En vez de dos cigarrillos comenzó a fumar cinco. La quietud fue desplazada por un movimiento que se concentraba en los dos escalones del portal. Los bajaba miraba hacia mi costado y los volvía a subir. Así transcurrieron varias semanas hasta que por fin un viernes se animó a plantarse frente a mí. Le dio la última calada al cigarro, tiró la colilla al suelo y entonces levantó la mirada. Una conquista laboriosa que llevó más tiempo de lo pensado, aunque en el fondo siempre supe que esa espera en algún momento llegaría a su fin. Con el sabor del triunfo recorriéndome el paladar afirmé la mirada en el frente, por encima de su cabeza. Una victoria que se desvaneció cuando asombrada descubrí que esas pupilas de un verde grisáceo no eran a mí a quien observaban. Con un brillo desconcertante contemplaban a aquella muchacha de pelo oscuro y ojos de gata que de tanto en tanto modificaba nuestro escaparate después de bajar la persiana.

 

Tati Jurado

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