El escenario

 

 

Antes de salir, Alicia se palpa con sumo cuidado la cara. No puede, ni quiere, ni debe estropear el maquillaje. Conoce bien el medio y sabe que cualquier cambio o imperfección es detectado por el ojo clínico del espectador. La radiografía es rigurosa. Analiza todo: cada detalle, cada gesto, cada palabra. Siempre atento al error; alimento perenne de habladurías que menguan vacíos y que lamentablemente, piensa una vez más, son inevitables.

Y es que cuando este surge inesperado, o es descubierto a pesar de tanto recaudo, comienza a correr como la pólvora, imparable, de boca en boca. Y en cada metro avanzado sufre la metamorfosis que decida ejercer el locutor de turno. Más cruda, más contemplativa, pero siempre hiriente. El error nunca da tregua. En ocasiones Alicia ha llegado a sentirse como un insecto observado, casi al borde de la disección.

Las yemas de los dedos transitan la frente y la nariz en su reconocimiento habitual hasta llegar a los pómulos. Minuciosas, los examinan con lentitud y aunque trata de convencerse, la sospecha la atormenta: la diferencia es visible. Está segura. Sabe bien que la estrenada protuberancia de sus mejillas no va a pasar desapercibida para el gran ojo.

Le llevó mucho tiempo conocer las exigencias del espectador. Y lo cierto es que más de una vez pensó en tirar la toalla. Pero el afán por conseguir el reconocimiento siempre lograba esquivar la tentación de rendirse. Con extremada paciencia e inagotable aplicación comenzó a entender, y aprendió a actuar según la reacción de ese ojo colectivo. Cómo vestirse, cómo y cuándo hablar, cuándo sonreír o  mantener el rictus intacto e incluso, de ser necesario, ser un poco altanera. Técnica infalible, ésta última, para debilitar las críticas.

Con un pie en el umbral del escenario se acomoda la blusa. Última adquisición junto al pantalón también blanco que le entalla la cintura y le realza las nalgas: otra combinación perfecta para lucir su esplendorosa figura. Sigue con el pelo. Una melena exuberante con un brillo envidiable que deja caer sobre el hombro derecho con precisión de relojero. “La mejor manera de desviar la atención de un punto es reverberando con énfasis los otros, los que contienen la evidencia del primor inequívoco” repite una y otra vez. Finalmente respira hondo, yergue la espalda, levanta la cabeza y sale a la calle.

Tati Jurado

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