El fondo de la imagen

Con la mano abierta del que entrega y al mismo tiempo recibe, Roberto posa la palma sobre ese retazo diminuto de la manta inmensa que se extiende más allá del horizonte en las más diversas tonalidades de azul. La frescura del agua que cala cada una de los surcos de la palma no lo acobarda. La ha conocido más fría, cuando en las gélidas madrugadas de innumerables inviernos aguardaba el despertar del sol para arrancar con la faena. Aunque entonces, piensa sentado en uno de los extremos de la barcaza, las honduras castañas y zigzagueantes quedaban más lejanas.

Aún lo arropa el desconcierto. Meses escurridos en el intento de reconciliarse con el espejo del dormitorio, y nada. Ni siquiera ahora que solo resta la huella de su presencia en la pared, logra arrinconar, disolver esa imagen de su retina. Primero se le ocurrió cubrirlo con una sábana, pero después se decidió a descolgarlo. Claro que no esperaba encontrarse con el testimonio imborrable de su existencia. Intentó por todos los medios posibles deshacerse de él, pero no hubo limpiador que lograra aniquilar su huella de la pared.

Al principio contemplaba la devolución que le ofrecía el espejo con cierto entusiasmo. Su  quietud lo cautivaba: la seducción taimada de la que se sirve la novedad, alcanzó a concluir con el correr del tiempo. Después no encontró el modo de reconocerse en él. No supo cómo. Primero culpó a la rectitud inamovible de toda la imagen. Estuvo días afanado en imitar esa oscilación que tan bien reproducía su memoria. Se paraba frente a el espejo, cerraba los ojos y comenzaba a moverse como si las olas mecieran el suelo. Pero no hubo caso. Cuando los párpados se separaban, se encontraba nuevamente con esa quietud indomable. Después se le dio por responsabilizar a la ropa que ahora lo vestía; antes solo la usaba los domingos o los festivos. Pero esta acusación se desplomó con la misma rapidez con la que la elaboró. Tardó un tiempo en concluir que la desavenencia era con el nuevo escenario que lo cercaba.

Con cierta dificultad acomoda el cuerpo en el borde y se inclina para buscarse, no sin cierta ansiedad, en el reflejo que le devuelve el mar. El espejo ondulante le regresa los pliegues gruesos y profundos que los años han ido labrando en su piel. El cabello blanquecino resalta el negro de unos ojos que desprenden un brillo que ya no recordaba. El fondo de la imagen, esta si por fin suya, no lo decepciona. Las incontables nubes que se deslizan empujadas por el viento sobre su cabeza le susurran al oído la llegada inminente del oleaje. Con una ternura reestrenada saca la mano del agua y observa durante un instante el recorrido de las gotas por los frunces de la palma. La aproxima a la boca y aspira con fruición la fragancia marina. Suavemente Roberto comienza a recorrer con los labios cada milímetro de su piel hasta sentir la conquista de la sal sobre el paladar, hasta sentir  la intensa caricia de las olas que finalmente lo estrechan en un abrazo.

 

Tati Jurado

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