El laberinto

 

Gabriel sólo tenía dos aficiones: el silencio y las contiendas diarias de sus soldados de plomo. La primera la cultivaba todo el día. La mudez de las calles cinco y seis había conquistado poco a poco cada segundo de sus jornadas. La segunda la  ejercía cuando regresaba de los recorridos ineludibles por aquellas calles resguardadas por la inmensidad de los olmos.
Hacía años que Gabriel cumplía con la misma rutina. En cuanto volvía del primer recorrido comía cualquier cosa de pie junto a la mesada de la cocina y enseguida organizaba una nueva batalla en la mesa del comedor. Siempre la tenía despejada, lista para acoger un nuevo escenario para la lucha del combatiente del día. Porque el soldado elegido no luchaba contra otro, sino contra las condiciones creadas por Gabriel.
Pasaba horas ideando los diferentes campos de batalla. Confeccionaba los escenarios más insólitos para recrearlos: precipicios rocosos, bosques lúgubres o inclusive desiertos sin oasis. Después seleccionaba a uno de ellos y lo colocaba en el terreno. Eran todos iguales, blancos y rojos, todos con la inicial G grabada en el pecho. Gabriel se la marcaba nada más conseguirlos. Además, ninguno portaba armas. Contaban con las manos como única herramienta de supervivencia, como única arma de defensa.
Gabriel consumaba cada desenlace con paciencia domesticada, en un sigilo casi morboso. Los intentos del designado por encontrar agua en el desierto o resistir en el precipicio rocoso siempre resultaban fallidos. Cuando por fin moría deshidratado, enloquecido o sacrificado, lo hacía en silencio, sin el menor dramatismo. Después, cuando Gabriel calculaba que los últimos momentos de quietud del edificio se avecinaban, se aprontaba para emprender el segundo recorrido por las calles escoltadas por los olmos que, por estar casi siempre desérticas, consideraba como propias. Alguna vez mientras pedaleaba sin descanso, se había sorprendido tratando de recordar que surgió primero, si la escaramuza de los soldados o los encuentros con un silencio, ese sí inalterable.
Se había acostumbrado tanto al silencio que ningún ruido pasaba desapercibido para sus oídos. Si quería, podía escuchar los movimientos de los otros apartamentos sin dificultad. El correteo del niño, sus llantos desesperados y desesperantes, las risas compartidas y hasta las historias de la madre cuando lo hacía dormir; las charlas pausadas de los veteranos sobre esos interminables paseos pretéritos; el empuje de los dos estudiantes cuando se juntaban con otros compañeros a preparar algún examen; o la pasión entonada con canciones melosas del joven matrimonio. Pero no quería.
Hacía mucho tiempo que en cuanto se aproximaba la hora de su particular discordia se calzaba y partía empuñando con firmeza el manillar de la bicicleta hacia el norte. Pedaleaba hasta que los coches le cedían el protagonismo a los olmos y sólo regresaba al apartamento cuando las primeras horas de la madrugada habían restituido el silencio.
Por eso, cuando aquella tarde el carraspeo de las poleas del ascensor al iniciar el movimiento lo sorprendió, Gabriel quedó petrificado. Sin poder moverse de la silla y con la agudeza de los oídos en su máxima potencia, esperó a que el sonido cesara. Se fijó en la intensidad de la claridad que se filtraba por aquella cortina gruesa que cubría todo el ventanal para calcular la hora. No se convencía con la versión que le daba el reloj.  Tampoco era domingo, y entre semana ningún vecino llegaba a esa hora.
La confusión lo mantuvo en jaque unos segundos, pero antes que el carraspeo le cediera el turno al chirrido de la puerta tijera al abrirse, intuyó la variación inesperada de la rutina de alguno de los vecinos. Se levantó de un salto y corrió a calzarse dejando al soldado en el nuevo campo de batalla: un laberinto sin salida. No quería escuchar la alegría del niño, ni la ternura de la madre. Tampoco el entusiasmo de los estudiantes, el compañerismo incondicional de los veteranos o el amor pasional del matrimonio joven. Salió huyendo empuñando con las manos palpitantes el manillar de la bicicleta y enfiló hacia el cementerio sin mirar atrás. No fue hasta que llegó al portón que daba a las calles cinco y seis, atestado de gente con flores, que cayó en la cuenta que era el día de los difuntos. Desconcertado, sin saber qué hacer ni a dónde ir, de pronto se acordó de G que como él, andaría deambulando desarmado por el laberinto sin salida.

Tati Jurado

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