Esa mirada

 

 

Es la primera vez que la veo y, sin embargo, siento que me mira con cierta familiaridad. La descubrí observándome mientras buscaba cerrar la venta del día con las dos señoras. Dos viejas temerosas, afanadas en anclarse a la eternidad y por ende fieles consumidoras de mis productos, que solo salen de su casa para ir al supermercado.

La distancia en ese momento no me permitió descifrar su fisionomía. No más de veinticinco años, calculé, de mediana estatura y bastante friolera. La bufanda envolviéndole el cuello y parte de la barbilla y el gorro de lana cubriéndole casi la totalidad de la frente me dificultaban un reconocimiento más exhaustivo. Pero ahora que la tengo enfrente, tengo la certeza de que la conozco de algo.

—Rinde más de veinte aplicaciones y su tamaño es practiquísimo— le expongo sin dificultad, con la memoria del que repite una y otra y otra vez, a ella y a la chica de la mochila— Se puede colocar en el bolso de la dama, en una mochila y por supuesto en el bolsillo— declaro sujetando el frasco de gas pimienta con los dedos pulgar e índice

No son los gestos, tampoco el rostro, me digo sin dejar de observarla.

—Es el nuevo envase de bolsillo. Tan eficaz como el tradicional pero mucho más práctico—recito con esa voz de locutor de radio que tanto ensayo frente al espejo.

—Yo paso— anuncia cortante la chica de la mochila y se aleja de la parada.

Otra más que tiene complejo de súper heroína. Hasta que le toque a ella, pienso acomodando en el asiento de la parada el bolso con los últimos paralizadores eléctricos y sprays de gas pimienta.

—Lo ideal es usarlo a una distancia de entre tres y cuatro metros— continúo explicándole a ella— Durante un par de minutos la persona queda ciega. Los párpados son incapaces de separarse. Los ojos comienzan a arder como si alguien hubiera encendido una hoguera en los lagrimales— le revelo no sin cierto entusiasmo.

Sin dejar de asentir con la cabeza se quita el gorro y comienza a mirar a ambos lados de la calle ya vacia.

—Unos segundos después comienza un picor en la nariz, en la garganta y ¡zas! — Exclamo dando un chasquido con los dedos— Dificultad para respirar. A algunas personas las ha llegado a paralizar—la instruyo mientras me aproximo.

— ¿Y después? —alcanza a preguntar ya con la espalda contra la pared.

—Después hay que correr— contesto sin más preámbulo y entonces la descubro. Es esa mirada la que ya conocía. Esos ojos que se abren de par en par cuando ven a mi dedo aproximarse al gatillo del aerosol.

 

Tati Jurado

 

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