La alegría de los martes

La llegada de Susana produjo un giro inesperado en nuestras vidas. Llegó un domingo por la tarde cargada de historias de nuestra tierra, de amigos que volvieron a ser cercanos y de evocaciones de paisajes poco a poco desvaídos por la distancia.

Con sus veintiocho años había llegado a la capital para dirigir una de las mejores agencias de viaje. Sin embargo, lejos de ser altiva, su metro setenta y cinco, sus ojos avellana y su esplendorosa figura despedían una sencillez realmente admirable; una copia sorprendente de Carmen, su madre y amiga nuestra de la adolescencia, quien nos había pedido un lugar en casa para alojarla mientras la joven conseguía asentarse.

Para Damián el cambio fue más notorio. Disminuyó sus lecturas maratónicas, se despegó del sillón, algo desfondado por el peso permanente, y se aventuró a abandonar su rincón para acercarse a la hija de nuestra amiga y escuchar la descripción animosa de lugares soñados. Se le iban las horas leyendo los folletos que Susana le traía de lugares como Grecia, Egipto y otros sitios que siempre quiso conocer. Después, cuando ella regresaba del trabajo, se les hacían las tantas hablando de esos países, de su paisajes y costumbres. Ya casi me había olvidado del sonido de las carcajadas de Damián y de ese tono de voz salpicado de curiosidad que tanto usaba en nuestros primeros años de convivencia. Para mí fue un alivio ver como día a día iba renovando el ánimo y recuperaba el entusiasmo.

 Por mi parte, pude retomar nuevamente las caminatas por el parque y volví a compartir la tarde de los martes con mis amigas, alternando como siempre la casa de cada una para tomar el té y más tarde concurrir a las clases de baile.

Damián despobló su frente de esos gestos desaprobatorios si salía con las chicas o si algún martes venían a casa. Para mi sorpresa, las saludaba a todas con entusiasmo, nos preparaba el té y después siempre nos animaba a no demorarnos en la partida para llegar en hora a clase. A mí me encantaba verlo participar de algún modo en mis actividades, atender a mis amigas y engalanarse para recibirlas. Se ponía bien guapo, se afeitaba y se perfumaba; y como toque final, su labios imprimían una sonrisa que parecía agrandarse cuando me veía partir contenta. Una sonrisa luminosa que bauticé como la alegría de los martes. Me encantaba verla.

Por eso, si algún martes volvía antes de los previsto, interrumpía el tarareo de mi canción para emitir un hola bien fuerte nada más abrir la puerta de la calle. Me tomaba mi tiempo para colgar el abrigo en el perchero mientras aguardaba el sonido de los pasos conocidos precipitándose al baño desde el dormitorio de invitados. Sólo entonces me atrevía a encender la luz del pasillo para avanzar hacia mi dormitorio. Y lo hacía sin prisa pero sin pausa, con el estribillo de mi canción “lo que sucede conviene, a veces perdiendo se gana” transitando por el paladar con la misma calma conveniente con la que mis pies recorrían el pasillo sin detenerse.

Tati Jurado

Deja un comentario