La amenaza nuclear

El poder de determinación de unos pocos sobre la vida de millones de personas.

 

Parece inevitable que el “botón rojo” siempre tenga alguna que otra mano merodeando a su alrededor dispuesta a perpetuar ese gesto tan temido por todos o, lamentablemente, por casi todos. Y digo botón rojo, influenciada sin duda por esas películas norteamericanas en las que las grandes potencias muestran su acceso exclusivo a un tablero con dicho botón, porque es la imagen que a quién más o a quién menos le ha quedado grabado en la retina. El retrato, en definitiva, del poder de determinación de unos pocos sobre la vida de millones de personas. Una imagen por lo visto condenada a la perpetuidad.

El sentimiento de omnipotencia de algunas naciones no claudica, ni siquiera ante lo pernicioso. El poder y los intereses pesan más. Solo basta con asistir al jugueteo enfermizo con el que los líderes norteamericano y norcoreano se entretienen mientras diseminan las semillas del temor.  O presenciar cómo una vez más estos dos países más los otros siete con armamento nuclear, amparados por el argumento del efecto disuasorio de sus arsenales ante un posible ataque nuclear, rechazan la desnuclearización acordada por la ONU así como cualquier intención de deslegitimizar las armas atómicas.

La premisa de que el fin justifica los medios no caduca así que mientras con las bocas enaltecen los motivos, con los pies, convenientemente anestesiados, echan tierra sobre esas huellas que manifiestan su capacidad de destrucción. Le dan la espalda a la historia, a esa historia que sin embargo escritores como John Hersey buscaron grabar en la memoria colectiva.

Hiroshima (1946) es uno de esos reportajes que todo el que sepa leer, como señaló Saturday Review of Literature, debería leer. Un relato que recoge y transmite de forma sobrecogedora el sufrimiento inhumano, las pérdidas, la devastación y la desolación al que fueron condenadas miles de personas, ciudadanos de a pie como cualquiera de nosotros, por el uso de este tipo de arma como instrumento guerra. Uno de los tantos relatos al que podemos y debemos recurrir para no olvidar, para no sumergirnos en la desmemoria del legado que puede dejar la omnipotencia.

Las consecuencias inmediatas del uso de armamento nuclear se conocieron poco después del lanzamiento de las bombas a Hiroshima y Nagasaki: ciudades arrasadas, miles de muertos. Todos los periódicos del mundo se hicieron eco del ataque a las ciudades japonesas. Sin embargo fue The New Yorker, mediante la pluma de Hersey, el que le dio un enfoque totalmente humano a lo acontecido cuando todo brilló con el blanco más blanco que jamás hubiera visto.

El reportaje de ciento cincuenta páginas del escritor estadounidense ocupó la edición completa de la revista y causó una gran conmoción. Hasta entonces se sabía de cifras. Fue Hersey, en ese momento, quien a través de los testimonios de seis de los sobrevivientes, le dio nombres y apellidos, caras, percepciones, emociones y sentimientos a los damnificados.

Cuando entró en los arbustos se dio cuenta de que había unos veinte hombres, todos en el mismo estado de pesadilla: sus caras completamente quemadas, las cuencas de sus ojos huecas, y el fluido de los ojos derretidos resbalando por las mejillas” escribió Hersey en el reportaje que meses más tarde de su publicación en la revista adoptó la forma de libro. Una obra que fue traducida y publicada en casi todo el mundo y que hace apenas tres años, Debate Editorial, con el motivo del setenta aniversario de las bombas de las ciudades japonesas, decidió reeditar.

Esta edición, además de contar con el horror de las imágenes que el escritor supo transmitir a los lectores a través de sus descripciones en 1946, muestra las consecuencias del uso de armamento nuclear en el devenir de los años. Hersey decidió volver cuarenta años después a Hiroshima para saber qué había sido de los sobrevivientes y se encontró con un panorama desolador. Leucemia, cáncer, infartos cerebrales, problemas renales, aberraciones cromosómicas, malformaciones fetales, fatiga crónica, cambios psíquicos… Innumerables y escalofriantes consecuencias que signaron la vida de miles de personas y que aún hoy persisten.

Una monstruosidad que los años han desvelado innecesaria: los japoneses estaban listos para rendirse. Una atrocidad cuyas consecuencias no han logrado frenar la carrera armamentística nuclear y que por lo visto no intimida a los dueños de esas manos tentadas con tocar el botón en una clara demostración de ver afianzados sus intereses. Unas secuelas que están ahí para evitar que caigamos en la desmemoria y que nos impelen a seguir diciendo SI a la desnuclearización de todos los países con este tipo de armamento. El único camino posible para frenar una guerra nuclear.

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