La hormiga rezagada

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La comitiva de hormigas se mudaba cada tarde de árbol a árbol. Encabezaban la procesión las más grandes seguidas de las pequeñas de la familia que de tanto en tanto, distraídas pensaba Sarita, perdían el ritmo y quedaban rezagadas por el camino.

La labor de las mayores era tan arduo que algunas veces no advertían el alejamiento de las párvulas. Pero Sarita, sentada en el banco que separaba los troncos de los plátanos canadienses, siempre estaba atenta. Cuando descubría la desorientación de alguna de las pequeñas cogía con rapidez una de las hojas que se le volaban a Rubén, el jardinero, y colocaba a la hormiga con sumo cuidado en el transporte improvisado.

En la extensión de aquella hoja amarilla y caduca del plátano, la fragilidad de la pequeña se desvelaba ante su mirada enternecida. En cuanto la hacía descender junto al grupo de hormigas grandes, recuperaba la agilidad de sus delgadas patas y volvía a corretear. Entonces Sarita regresaba al banco y continuaba con la rutina vespertina de sus ojos: de las hormigas a la verja, cuando le parecía escuchar el rugido del motor aproximarse, y de la verja a las hormigas, cuando volvía a descubrir que no era el del coche de sus padres.

— ¡Qué disciplina que tienen!—exclamó Rubén mientras anudaba la bolsa. Como único gesto, la niña, con la espera desgastada, levantó los hombros. Normalmente eran los últimos en abandonar el patio del colegio. Aunque Sarita sospechaba de la benevolencia del jardinero, que nunca se retiraba antes que la vinieran a buscar.

—Son súper trabajadoras y muy ordenadas—continuó el hombre

—Y despistadas—añadió Sarita desde el banco, con su característica disposición invadida por la flojera. Siempre hacen lo mismo—dijo mordiéndose el labio. Y enseguida señaló primero a la pequeña hormiga rezagada, girando con insistencia en el mismo lugar, para después apuntar a las grandes, imbuidas en sus tareas.

— ¿Qué tienes en la caja?—le preguntó Rubén mientras se debatía con el aire, empeñado en dispersarle las hojas que trataba de meter en una nueva bolsa—Tiene toda la pinta de ser algo súper importante—añadió dando unas palmadas al aire.

— ¡Un descubrimiento!— exclamó la niña de pronto contagiada por el entusiasmo de Rubén— ¿quieres verlo?—le preguntó mientras colocaba la caja sobre sus rodillas.

—Por supuesto, no me lo perdería por nada del mundo—le contestó mientras se aproximaba al banco sin soltar la bolsa.

—Mira—le indicó destapando la caja—he aprendido a hacer luz.

A Sarita le encantaban los trabajos que le mandaba la profesora de física. Representaban todo un desafío. Era capaz de pasar horas colocando los materiales necesarios hasta alcanzar el éxito de aquellos experimentos. Se le henchía el pecho cuando lo lograba.

—La profe me ha puesto un sobresaliente–comentó orgullosa

—Bien merecido

—No sabes el trabajo que me ha dado. Menos mal que Maga siempre tiene lo necesario en su chistera—dijo mordiéndose el labio. Los recursos ilimitados e inesperados de la niñera siempre dejaban boquiabierta a Sarita. Se anticipaba ante cualquier eventualidad. No en vano le decía cariñosamente Maga. Fiel compañera en sus incursiones científicas, tenía siempre el buen ánimo latente  para neutralizar el posible desaliento, cuando la desorientación inicial se estiraba más de lo necesario.

— ¿Qué te parece?—le preguntó a Rubén mientras encendía y apagaba la lamparita.

—Mira Sarita me parece que ya han venido a buscarte—le advirtió señalando al portón.

La certeza de encontrar, una tarde más, un taxi con Maga esperándola, la sacudió incluso antes de mirar. Entonces, como si la lamparita se hubiera encendido en su cabeza, se acercó a la hormiga rezagada y haciendo uso del transporte habitual  la subió.

—Llámame Sara—acotó seria. Entonces,  acercó la hoja a la caja y colocó a la pequeña hormiga adentro, con la lamparita encendida. Cerró la caja, cogió la mochila, se aproximó a la comitiva y, sin más, clavó el zapato sobre las hormigas más grandes.

Tati Jurado

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