La gota

 

gota

Estoy de pie en mi cocina cuando descubro la primera gota. Roja y espesa reposa sobre la mesada con una quietud absoluta; como si llevara ahí desde siempre y formara parte del granito verde que se extiende y bordea la vitrocerámica.

Desconcertada, levanto la mirada y la clavo en la ventana. El postigo sigue obediente el balanceo que le impone el viento y aunque me obligo a concentrar cada uno de mis sentidos en el crujido rítmico de la madera, el sonido de la segunda gota al caer se amplifica en mi cabeza.

El reflejo del cristal me devuelve su imagen. Una al lado de la otra, voluminosas y de bordes consistentes me anticipan el grosor de la brecha. Van a venir más, una tras otra hasta formar primero una mancha y después un charco rojo.

Y entonces lo observo. Sin pronunciar una sola palabra y sin que me descubra, lo observo. Los ojos inyectados en sangre parecen sonreír al contemplar las dos gotas. Sus labios gesticulan exasperados pero a pesar de la proximidad soy incapaz de descifrar las palabras. El aliento tórrido y húmedo que sale de su boca me sofoca.

Busco alejarme, salir de esa cuadrícula donde me tiene arrinconada. Despego los ojos del suelo en busca de los suyos para exigirle, pedirle, suplicarle y entonces lo descubro: ya no está. En su lugar hay una bestia desquiciada. Una que disfruta doblegándome, humillándome, lastimándome.

Con una entereza desconocida mi mano tantea en el aire hasta dar con la cajonera. En silencio los dedos se afirman en el tirador del primer cajón y, poco a poco, comienzan a deslizarlo por los rieles metálicos hasta abrirlo lo suficiente. El espacio justo para que las yemas alcancen el mango metálico para arrastrarlo hasta la palma de mi mano y así empuñarlo de una vez por todas antes que sea tarde. Antes que las dos gotas se conviertan en un charco de sangre.

                                                          Tati Jurado

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