Las librerías: el edén de los lectores

Las librerías representan el edén de los lectores. Cuando una atraviesa el umbral de sus puertas pareciera acceder a otra dimensión. Una en la que el espacio no se mide en metros sino en hojas y en la que, por supuesto, las agujas se niegan a obedecer a esa otra medida tan subyugadora que hemos inventado. Al instante, los ojos sucumben seducidos ante esas hileras de libros que se suceden estantería tras estantería. Después, las manos. La tentación de acompañar la búsqueda visual con el tacto no suele esperar. Primero los lomos, las cubiertas. Sin prisa, sin pausa, hasta que por fin el dedo pulgar se desliza por el borde de las hojas mientras el rostro se aproxima para percibir ese aroma tan peculiar que desprenden las letras impresas. Gestos involuntarios que se repiten mientras buscamos un título o un autor y que inevitablemente quedan entre paréntesis cuando una pisa  por primera vez en El Ateneo Grand Splendid de Buenos Aires. 

El Ateneo Grand Splendid

De pronto, como si el piso alfombrado los retuviera, los pies se quedan estancados. El contagio de la estupefacción proviene de la mirada que saborea ese lazo indisoluble entre el pasado y el presente. La conservación de los balcones, de las columnas de capiteles corintios que se alzan para acercarme a ese anhelo de paz,  imperecedero, relatado en los frescos de la cúpula, me deslumbra. Y enseguida, el telón carmesí al fondo. El testigo de obras de teatro y de películas, de los pasos de Gardel cuando se dirigía a la habitación donde grababa,  ahora custodia a los visitantes que se sientan en lo que fue el escenario a tomar un café.

Ateneo Grand Splendid

 

Verdaderamente prodigioso. Por eso es inevitable dejarse seducir por las escaleras que llevan a los pisos superiores. Los libros especializados y la música clásica comparten su espacio en las alturas con una vista privilegiada. La baranda, como una suerte de imán, retiene a mis manos que, sometidas por el deseo de apreciar cada detalle, se deslizan por toda su largura.

Los palcos, acondicionados como pequeñas salas de lectura, cuentan con varios usuarios que revisan los libros. Los ojos, acostumbrados ya a la belleza del espacio, se deslizan concentradas por las líneas de las páginas. El hábito suele velar lo extraordinario, la novedad es efímera, pienso mientras bajo a la planta principal para entregarme al recorrido de los pasillos que separan las estanterías repletas de libros. Entonces, Los días de la noche de Silvina Ocampo y su atmósfera inquietante.

 

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