Los tacones de la francesa

Anoche me desperté nuevamente sobresaltado, con la espalda ensopada. Esta vez, además de amputarlos con el hacha con el que Mamá troza el pollo, soñé que los hacía añicos: imposible de recomponer. Y lo peor, el verdadero motivo de mi desvelo, fue que cuando los hice picadillo, su ocupante se esfumaba, desaparecía, y entonces, aunque no podía escuchar lo que decía Mamá, distinguía su desesperación por el repentino desvanecimiento, corriendo de un lado a otro agitando las facturas que aún había para pagar. Por eso, hasta no escuchar el repiqueteo persistente avanzando por el pasillo, no me ha vuelto el alma al cuerpo.
Por el ruido de las pisadas me he aventurado a asegurar que éstos que traía eran los tacos negros: tienen la chapa más pequeña. Ni siquiera la mirada reprobadora de Mamá me ha llevado a desviar los ojos de las cuatro baldosas del piso que componen la entrada de la cocina, para comprobar la certeza de mi anticipo. Mis labios tan sólo han pronunciado el breve saludo matinal cuando ha puesto el primer pie en la cocina, mientras los ojos, complacidos por el acierto, han seguido de reojo los movimientos de los tacos negros unos segundos: los necesarios para disipar la inquietud nocturna, obviamente transitoria.
Cuando recién llegó, recuerdo la espontánea simpatía que provocaba su sola presencia, su forma de hablar, la dificultad para pronunciar las erres y la imposibilidad para articular las zetas. Todo en ella me resultaba agradable, novedoso: su manera de contonear las caderas sobre esos tacos, escultores de unas piernas asombrosamente largas, y esos ojos azules, llenos de preguntas y me parecía entonces de una necesidad de aceptación. En cada conversación aportaba una alegría contagiosa. Sus manos juguetonas y bien blanquecinas lograban expresar con claridad aquello que tanto le costaba explicar con las palabras.
Pero con el paso de las semanas, su sonrisa me pareció más fingida y las manos blanquecinas comenzaron a expresar un sólido propósito de ocupación. Comenzó a abrir y a fisgar cada lugar de la alacena sin preguntar; y sin pedir permiso, se adueñó de uno de los estantes de la nevera donde puso su nombre en cada uno de los envases.
Mamá no dijo absolutamente nada, lo aceptó con esa estoicidad necesaria. Pero a mí me pareció de muy mal gusto la actitud de la francesa, porque una cosa era apropiarse del cuarto donde antes teníamos el escritorio, y otra muy diferente era invadir toda la casa con ese taconeo insoportable.

Tati Jurado

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