Sueño o pesadilla

 

 

Miro el horizonte con el corazón agitado. El sol comienza a despuntar sobre la orilla de la azotea convirtiendo las baldosas de terrazo en una alfombra plateada.
Mientras cada uno de mis sentidos disfruta de ese precioso espectáculo, la cabeza comienza a programar el próximo paseo. Uno repetido, no importa. Ya conozco todos los posibles trayectos. He estado ahí muchas veces, hace mucho tiempo, demasiado tal vez. Una reiteración onírica. Se lo que viene después: tres pasos y un salto, como el gran héroe americano, y sobrevolaré cada rincón del barrio.
Me puedo ver. Sentiré como el aire me despeina con su aliento y se filtra entre mis dedos, prolongación de unos brazos extendidos que jugarán una vez más a ser alas. Alas que acariciarán las copas de los árboles, que dibujarán el contorno de las nubes para, repentinamente, plegarse contra el cuerpo y dejarme caer en picada. Y mis ojos, que grabarán cada centímetro del aire surcado vertiginosamente, esperarán ese último segundo, cuando perciba con nitidez los recuadros que conforman  la acera, para pedirles a ellas, las alas, que se extiendan, inmensas, para así volver a las alturas.
Fascinada con la aproximación de ese momento tan esperado dejo que los pies me guíen a pocos pasos del borde. Tan solo a tres, los justos para tomar impulso y emprender el vuelo.
Pero me detengo un instante solo para mirarme los zapatos. Tengo los cordones deshilachados.  No tiene importancia, me digo, aunque igualmente decido descalzarme. Y al hacerlo percibo que abajo, en la calle, todo parece haber encogido. Me yergo con rapidez y vuelvo a posar la mirada en el horizonte mientras lleno mi pecho de aire.
Pasa un minuto, tal vez dos y por fin me decido. Doy uno, dos, tres pasos, salto y de pronto todo se tiñe de blanco.

 

Tati Jurado

Deja un comentario