Una semejanza casi asombrosa

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A la hora de siempre Laura sacó la billetera de la cartera, levantó la mano  y, fiel al rito de la mayoría de mi clientela y de la misma Estrella, perpetró ese gesto con los dedos índice y corazón para pedirme la cuenta. Venía todas las tardes y acostumbraba a sentarse en la mesa del fondo junto a la ventana donde leía el periódico mientras tomaba un capuchino. Era una mujer de mediana edad, esbelta y de una elegancia poco común. Siempre lucía algún complemento que llamaba mi atención: collares novedosos, chalinas de diversos tamaños, colores y diseños, y hasta gafas de sol de última tendencia.

Algunas veces venía con amigas que, curiosamente, compartían su buen gusto para la vestimenta. Casi todas rondaban la misma edad, con cargos importantes en sus trabajos y, en apariencia, felizmente casadas. A menudo Estrella se sentaba a conversar con ellas y la mayoría de las veces ejercía de anfitriona en las charlas. Poseía una suerte de imán sobre las otras personas. Con su hablar pausado y el ladeo de su muñeca de un lado a otro con esa mezcla de delicadeza y seguridad que hacía tintinar sutilmente el brazalete plateado de su reloj, lograba monopolizar las miradas.

Para mí era inevitable merodear por su mesa. Las escuchaba y las observaba siempre atenta a sus movimientos y comentarios. Además tanto Laura como sus amigas estaban incluidas en el grupo de mis clientas predilectas y aunque en ocasiones, por el aforo del salón, no me correspondía atender el sector donde se instalaban, de alguna forma lograba acercarme a ellas. Siempre improvisaba algún quehacer para arrimarme y así pasar más desapercibida aún.

Nada más pagar juntó todas sus pertenencias y como cada tarde se dirigió al baño antes de irse. Traté de disuadirla apelando al despropósito de cargar con la cartera, la chalina y la chaqueta de un lado para otro, pero mi recomendación cayó en el vacío. Su atención, una vez más, no hizo escala en mis palabras y siguió avanzando. Desde la barra Estrella, que por un instante abandonó esa férrea exploración de más de dos horas por los cajones, le volvió a insistir para que renunciara a esa nueva manía, pero Laura contestó con la misma explicación de los últimos días “Cosas de la edad, desde que también perdí la chalina azul llevo todo conmigo para no olvidarme de nada”.

Cuando por fin cruzó la puerta de la calle, tras darle el correspondiente beso de despedida a Estrella, terminamos de ordenar el salón y nos aprontamos para salir. Cuando me marché, la muñeca, ahora desnuda de Estrella, continuaba dirigiendo a esos dedos ajetreados en la búsqueda por los cajones. A penas un adiós sin ni tan siquiera levantar la vista: esa fue la única devolución a “mis buenas noches, que descanses”. Y si bien no era fácil adivinar si esa prevista indiferencia era general o tenía destinatario, esa noche acerté en darles la razón a mis compañeros en que Estrella parecía estar preocupada por algún motivo.

Hacía trece años que trabajaba bajo su mando en la cafetería y si bien muchas tardes me marchaba colérica y afianzada en la idea de no regresar al día siguiente, había logrado alivianar, a mi manera, esos arrebatos. Sólo tenía que llegar a casa y en cuanto entraba a mi dormitorio la invariable contención de sus paredes apaciguaba esa bronca ya rancia.

Por eso en cuanto llegué y me abrazó el silencio, me encerré en el cuarto. Tiré la mochila y el abrigo sobre la cama angosta y me planté frente al armario. Abrí la puerta y fui sacando y exponiendo sobre el catre cada uno de los trofeos. Finalmente elegí la chaqueta azul, los lentes negros y para una perfecta combinación, mi penúltima conquista, la chalina azul.

Con la memoria adiestrada por esa vigilancia distintiva que tengo desde niña fui repasando cada uno de los movimientos frente al espejo hasta que finalmente me animé e improvisé un diálogo con mi reflejo. Con una semejanza casi asombrosa, comencé  a ladear la mano hacia ambos con esa mezcla de seguridad y delicadeza hasta lograr reproducir el tintineo exacto. Después la bajé para meterla en el bolsillo del pantalón hasta los nudillos, tal y como ella lo hacía para que quedara bien visible el reloj, y por último la levanté por encima del hombro y moví casi imperceptiblemente los dedos corazón e índice en ese gesto que, aunque ya imitaba a la perfección, en el fondo detestaba.

 

Tati Jurado

4 Replies to “Una semejanza casi asombrosa”

  1. Me ha gustado tu micro-relato y el desenlace inesperado ha sido como un balde de agua fría. Muy buen efecto. Felicitaciones.
    Un fuerte abrazo desde Alicante.
    LILIA

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