Y qué dirán

 

Una historia y una canción. Tema de Kuropa & Cia

 

Da el primer paso y se detiene un instante. Solo la garantía de la inexistencia de cualquier tipo de curiosidad ajena, aportada por un rastreo escrupuloso, le da luz verde para proseguir en el intento de alterar esa cifra.

Dos, tres, cuatro, Un día más no tiene sentido aquí, diecinueve, veinte, veintiuno, Me cansé de las horas que giran y giran solo porque si, canturrea mientras avanza sin perder de vista el punto de destino.

Aunque en verdad, si quisiera, podría completar esa ronda con los ojos cerrados. Un paso y medio equivale a una baldosa. En el paso sesenta y dos pasará por el mostrador, en el setenta y nueve por la ventana.

Siempre arranca el recorrido desde la puerta del almacén, por rutina. Después suele trasladar la línea de salida al mostrador, más tarde a la estantería o tal vez a la ventana. Carriles de prueba antes de transitar el decisivo, el que sí o si debe de dar un resultado distinto. Ochenta y cinco, ochenta y seis, no importa. No necesita una diferencia notoria. Solo precisa que los pasos que recorre para completar el espacio donde pasa más de la mitad de su día no coincida con el año de su nacimiento. Un empeño ridículo, se reprende muchas tardes, pero no puede evitarlo.

Lo leyó un día en una revista mientras almorzaba. Coincidencias numéricas que determinan un destino, se titulaba el artículo. Y desde ese día, lo que comenzó como mero entretenimiento para paliar la lentitud de las horas del mediodía, se terminó convirtiendo en una obsesión que ocupa casi la totalidad de su pensamiento.

A veces, cuando siente que las paredes de la cabeza comienzan a engrosarse con el único fin de liquidar cualquier atisbo de ilusión que anticipe la posibilidad de modificar esa coincidencia numérica, recurre al uso de alguna maniobra. Pasos más largos, más cortos o algún número salteado. Cualquier estrategia es válida para prolongar el entusiasmo, se convence. Y es entonces, cuando la confianza se instala con más aplomo, que se decide a efectuar el último y definitivo recorrido.

Con la puerta de entrada a sus espaldas, antes de dar el primer paso, se para con los brazos en jarra y escruta una vez más todo el recinto. Una última mirada, se dice. Y entonces los ojos comienzan a recorrer el espacio con el afán de retener detalles para así edificar un futuro recuerdo. Los platos y sus diversos colores, los vasos, sus detalles y tamaños, las ollas, los coladores y sus respectivos códigos. Finales de etiquetas memorizadas de esos artículos que muda de góndola religiosamente cada dos meses.

Por fin respira hondo y se decide a dar el primer paso sin dejar de cantar Un día más no tiene sentido aquí si no encuentro lo mío si sigo un camino que ya repetí. Diecinueve, veinte, veintiuno Y qué dirán cuando el sol se despierte en las horas más negras continúa tarareando con los ojos fijos en la puerta que da a la calle. Sesenta y nueve, setenta Y qué dirán cuando caigan los muros sembrados de miedo. Ochenta y dos, ochenta y tres, ochenta y cuatro pronuncia con emoción y justo cuando se dispone a ejecutar el paso ochenta y cinco en el rellano de la puerta que antecede a la vereda siente, como tantas veces, el tirón de los cinco eslabones de la cadena que le rodean el tobillo.

Tati Jurado

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